Me llamo Leandro Mangold, aunque casi todos me dicen Leo.
Si miro para atrás, veo una vida llena de golpes. No de esos que te dejan un moretón o una cicatriz en la piel, sino de los que te marcan por dentro. Desde chico entendí que nada iba a ser fácil. Mientras algunos parecían avanzar sin demasiados obstáculos, yo sentía que siempre tenía que remar el doble para llegar al mismo lugar.
Hubo momentos en los que pensé que estaba destinado a quedarme en el banco, mirando cómo los demás avanzaban mientras yo sentía que me estaba quedando atrás. Laburé, luché y me caí más veces de las que puedo contar. Algunas de esas caídas nadie las vio. Porque hay derrotas que ocurren en silencio. Sonrisas para afuera, tormentas para adentro.
Con los años aparecieron enemigos que no se podían enfrentar a las piñas. La depresión fue uno de ellos. Llegó despacio, sin avisar, y convirtió muchos días en una pelea contra mí mismo. También conocí las adicciones. Durante un tiempo creí que podían ayudarme a escapar del dolor, pero terminaron convirtiéndose en otra cadena más. Y como si eso no alcanzara, el estrés se volvió una presencia constante, como un ruido de fondo que nunca se apagaba.
Pero había algo más.
Algo que nunca supe explicar del todo.
Una bronca que me quemaba por dentro.
No era contra una persona. Era contra todo lo que sentía que me había tocado vivir. Contra las oportunidades que nunca llegaron, contra las heridas que nunca terminaron de cerrar y contra esa sensación de haber pasado gran parte de mi vida sobreviviendo mientras otros simplemente vivían.
Lo más duro fue descubrir cosas que realmente amaba y sentir que no podía dedicarme a ellas. Encontrar sueños, pasiones y caminos que me hacían sentir vivo, pero ver cómo la realidad me obligaba a mirar para otro lado. Hay una tristeza muy particular en eso. La tristeza de imaginar la persona que podrías haber sido y sentir que la vida te llevó por otro camino.
(...)
Porque la verdad es que esas batallas todavía no terminaron.
Todavía sigo peleando contra la depresión. Todavía sigo peleando contra ese vacío enorme que alguna vez se instaló dentro mío. Y todavía sigo peleando contra mis propios demonios.
Hay días en los que siento que me ganan terreno. Días en los que el cansancio pesa demasiado y todo parece cuesta arriba. Días en los que me pregunto cuánto más voy a poder aguantar.
Pero sigo acá.
Sigo intentando avanzar. A veces despacio. A veces arrastrándome. Pero sigo.
Todavía hay sueños que no pude cumplir. Todavía hay cosas que amo y a las que no pude dedicarles la vida que hubiera querido. Todavía hay heridas abiertas.
Y duele.
Duele más de lo que muchas personas podrían llegar a entender.
Pero después de todo lo que viví aprendí algo.
La fortaleza no consiste en no caer.
La fortaleza consiste en levantarse una vez más cuando ya no quedan motivos aparentes para hacerlo.
Y aunque la pelea siga.
Aunque los demonios sigan ahí.
Aunque algunas noches todavía sean demasiado largas.
No pienso rendirme.
Todavía no.